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Diario de Mallorca

Elmyr d'Hory y la satisfacción de ser, a la vez, mil genios artísticos en uno

lara villar. palma "Es el ojo del espectador y el lugar donde está colocada la obra lo que le otorga carta de autenticidad a un cuadro". Ésta parece ser una de las frases favoritas del famoso pintor y falsificador húngaro Elmyr d'Hory (Budapest, 1906-Eivissa,1976) que, gracias a sus periplos alrededor del mundo, convirtió la isla de Eivissa en el centro de todas las miradas–y no cualquiera de ellas–, allá por comienzos de los 60. El artista no era capaz de vender ninguna de sus obras propias, pero su habilidad y técnica para imitar el trazo, la temática y los colores de los impresionistas y de artistas influyentes de finales del siglo XX lo convirtió en una leyenda digna de la atención de periodistas como Clifford Irving o maestros de la talla de Orson Welles. Desde Picasso, pasando por Renoir, Seurat, Gauguin, Dufy o Matisse, éste último "uno de sus favoritos". Ninguno se resistía a su pulso, ni siquiera Joan Miró, al que no falsificaba porque no tenía ningún mérito. Su capacidad era tal que existen numerosos cuadros falsos (certificados por expertos) como originales, incluso el propio Picasso no supo distinguir su trazo del audaz imitador, y autentificó una obra como suya: Still life with jug.

Ahora, gracias a la tarea de recuperación de su amigo y coleccionista, Pepe Roselló, una selección de óleos pertenecientes a su estancia eivissenca podrán ser contemplados hasta el 27 de noviembre. Las dos plantas de la galería albergarán piezas que imitan a Léger, Seurat, Dufy, Picasso, Chagall, Renoir, Nicolas de Stäel, Modigliani, Gauguin y Monet, entre otros.

En definitiva, su hazaña y la curiosidad que despertó su vida para la literatura y el cine hacen que una auténtica aura de misterio rodee la inquietante historia del pintor, de la que quedarán para siempre por resolver numerosas incógnitas: ¿ Es cierto que d'Hory dejaba los cuadros sin firmar y que eran sus marchantes quienes se encargaban de falsificar las obras y venderlas en el mercado negro o, por el contrario, fue una estrategia para acusarse unos a otros y evitar así la cárcel francesa, lugar al que verdaderamente temía el pintor y por eso se suicidó?

Lo que sí que queda claro es que su existencia marcó un antes y un después en la historia del arte y en la isla, donde fue defendido por el abogado Rafael Perera en numerosas ocasiones ante la Audiencia palmesana. Sus más de 1.000 falsificaciones circularon por los cinco continentes, haciendo que, a medida que se fueron descubriendo sus hazañas, el mercado del impresionismo se viese afectado. El gobierno francés no podía permitirse tales consecuencias y se inició una auténtica caza para dar con el paradero del pintor, que acabó refugiándose en la Pitiusa durante más de dos décadas, a la que describió como "mi patria".

¿El plagio es cultura?

Hay quienes afirman que su persona convirtió el plagio en un género artístico en sí mismo, y que es de admirar la "creatividad" y la "habilidad" de ser a la vez mil genios en uno, añade Roselló. Sin embargo, el propio d'Hory declaró en Palma que "mi tragedia consiste en que no he podido evolucionar personalmente con mi propio estilo, porque siempre me pedían un Matisse o un Renoir, y no quería morir de hambre".

D'Hory murió en Ibiza, en diciembre de 1976, tres días antes de que se conociera por parte de la Audiencia la denegación de su extradición. Ahora, 36 años después, sus cuadros adquieren, gracias a Pepe Roselló, la autenticidad de la que siempre carecieron. Una marca propia, la suya, pues la colección mostrada goza de saber, a ciencia cierta, que no se ha filtrado en la galería ningún imitador de imitadores.

Lugar: Gabriel Vanrell-Galería d'Art (Tous i Maroto, 1 Palma).