26/11/12

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Pop. Henry Geldzaleher (con puro), promotor de Andy Warhol y David Hockney.

Hoy

Los nuevos amos del arte
Los artistas ya no son los reyes del arte. Ni tampoco los directores de los museos ni los galeristas o los coleccionistas. Unos profesionales bautizados con el inquietante nombre de 'comisarios' se han adueñado del trono y son ellos los que deciden quién es importante o por qué hay que volver a poner en el escaparate la obra de un creador conocido o de un movimiento histórico.
La prestigiosa revista 'Art Review' publicó el mes pasado su lista de los 100 personajes más influyentes en el mundo artístico. La encabezaba Carolyn Christov-Bakargiev, comisaria de la última Documenta de Kassel, encuentro artístico quinquenal en la ciudad alemana que explora las ideas de mayor atractivo a partir de lo que están haciendo los artistas, y que también encumbra carreras y da un empujón a otras.
En segundo lugar aparecía el 'art dealer' global, el jefe intratable, Larry Gagosian. Un artista tan eminente como Gerhard Richter quedaba en la quinta plaza. La 'segunda' de Christov-Bakargiev, la española y exdirectora de la Sala Rekalde Chus Martínez, figura en el puesto 45 de la lista, cuatro después de Damien Hirst, artista popular donde los haya, querido o denostado, cuya exposición, que terminó a principios de septiembre, fue la más vista en toda la historia de la Tate Modern, con 460.000 visitantes.
¿Qué es un comisario y de dónde le viene su relevancia? Su profesión no está contemplada en el Diccionario de la Real Academia, pero sí en los currículos de las universidades y en el catálogo de profesionales liberales. Es el autor intelectual de una exposición, el que tiene la idea, pero también quien la ejecuta y controla su acabado: algo así como el director de la película.
Piénsese en la exposición que se acaba de inaugurar en el Guggenheim sobre la obra de Claes Oldenburg en los años sesenta. Su comisario, Achim Hochdörfer, ha pensado en el tema, en el enfoque, en el interés que pudiera suscitar, en las dificultades para reunir las obras y para transportarlas, en el diseño del catálogo y en los autores que escriben en él.
Anna Maria Guasch, catedrática de la Universidad de Barcelona, sitúa la emergencia clara del comisariado cuando Harald Szeemann abandonó su puesto de director del Museo de Bellas Artes de Berna (Suiza) en 1969 para organizar la muestra 'Cuando las actitudes se convierten en forma'. En ella participaron figuras hoy históricas como Richard Long, Mario Merz, Walter de Maria, Richard Serra y Joseph Beuys.
El comisario Szeemann, que murió en 2005, no volvió a tener un cargo estable y se dedicó a organizar exposiciones que alertaban sobre los nuevos rumbos de los creadores y las ideas que les animaban. A principios del siglo XX eran los mismos artistas quienes lanzaban sus manifiestos, como los surrealistas. Después de la Segunda Guerra Mundial fueron los críticos como Clement Greenberg, que encumbró a Jackson Pollock, cuyas obras se venden hoy por más de cien millones de euros en las subastas, quienes ponían el nombre a este o al otro movimiento. Ahora son los comisarios quienes realizan ese trabajo; algunos de ellos con un elevado grado de vocación.
Es el caso de Hans-Ulrich Obrist, número 10 en la lista de poderosos de 'Art Review' y director de la Serpentine Gallery de Londres. Comisarió su primera exposición en la cocina de su casa, en St. Gallen (Suiza), cuando tenía 23 años y estudiaba en la universidad Ciencias Políticas y Económicas. Y no fueron sus amigos los que expusieron en ese sorprendente espacio, sino celebridades del arte europeo como el francés Christian Boltanski y el dúo suizo Peter Fischli & David Weiss.
Acercarse a los estudios
Obrist se metió en el oficio porque le gusta «ayudar» a los artistas, a los que considera los seres más curiosos de la Tierra. En su obra 'Breve historia del comisariado', ya un clásico de la materia, entrevista y traza la trayectoria de profesionales como el ya mencionado Szeemann o como Pontus Hultén, otro de los grandes, que «no sólamente siguió sino que también moldeó» las carreras de Sam Francis, Jean Tinguely y Niki de St. Phalle.
Precisamente en seguir y promocionar a los creadores elegidos, además de darles una cobertura intelectual, consiste otra de las tareas fundamentales del comisario. Guasch alaba la labor de acudir a los estudios de los artistas e investigar sobre el terreno. Txomin Badiola, creador que ha comisariado dos muestras sobre Oteiza, observa que en los últimos tiempos estos profesionales se han preocupado más por establecer e imponer un marco teórico que «por acercarse a la dimensión más inmediata de la producción» de los autores.
De hecho, Chus Martínez, recién nombrada directora del Museo del Barrio de Nueva York, opinaba al final de la Documenta de Kassel, a mediados de septiembre, que el arte podía equiparse en sus objetivos, la investigación de la realidad y de su historia, a cualquiera de las ciencias sociales.
Aunque todo eso suene a discurso para especialistas, el arte que sale de él se ha revelado más popular que nunca. Los 100 días de exposición en la localidad alemana se han saldado con 860.000 asistentes, el récord para una cita inaugurada en 1955. Tanto estas ferias como las bienales y las exposiciones temporales han consolidado una dinámica muy favorable para el comisario, que por definición trabaja por proyectos, mediando entre los artistas elegidos y la institución que organiza la colección.
Sin estos expertos sería imposible que hubiera muestras de esta clase en museos y otros centros artísticos. «Que haya exposiciones temporales ha dotado a los museos de una mayor flexibilidad, al buscar no sólo conocimiento, sino también espectáculo, algo más acorde con una sociedad basada en el placer y en el consumo, lo que ha conseguido atraer a públicos amplios», argumenta Guasch.
Los tiempos han cambiado, porque ahora los museos «no sólo se preocupan del pasado y de la historia, sino también del presente y el futuro», un cambio que les permite estar en el centro de la actualidad, según Martí Manen, un comisario catalán de 36 años que vive en Estocolmo y que acaba de publicar 'Salir de la exposición (si es que alguna vez hemos entrado)', editado por Consonni.

Ante la crisis
Lo que aún no está claro es cómo afectará a la larga a estos profesionales el aprieto económico que estrangula hoy a la cultura. Según Badiola, «el comisario independiente actual trabaja en condiciones de precariedad, como los propios artistas, que han perdido el papel central que tuvieron en algún momento. No van a alcanzar las cotas de poder de sus antecesores, porque son parte de un engranaje cultural anónimo e impersonal al que estamos todos sometidos».
Los «grandes eventos», asegura Guasch, seguirán funcionando en instituciones como el MoMA de Nueva York, la Tate de Londres, el Pompidou de París y el Reina Sofía de Madrid, si bien recurrirán cada vez menos a los comisarios externos y se harán con personal de la casa. Habrá también acontecimientos como la Documenta o como la Triennial de París de este pasado verano, este último organizado por uno de los comisarios más punteros del momento, el nigeriano Okwui Enwezor. Pero «los profesionales 'free lance' lo pasarán mal, muy mal», añade la catedrática. «Tendrán que reinventarse a sí mismos y buscar otros espacios de visibilidad, quizás a nivel de comunidad o académico», añade.
Muchos comisarios estrella han buscado cobijo en las instituciones artísticas, como Obrist en la Serpentine Gallery, 'traicionando' así el espíritu de Szeemann, que optó por abandonar el despacho para actuar con más libertad. «Al final, quienes cortan el bacalao son los directores de museo y no los 'free lance'. Si trabajas con proyectos es más difícil que la gente vea una línea de continuidad en tu trabajo. Si trabajas en la programación resulta más fácil», resume Manen.
El joven profesional coincide con Guasch en la necesidad de reinvención, lo que no le coge por sorpresa. «Trabajamos con un material inestable como el arte contemporáneo, en el que no hay normas ni lenguajes perfectamente definidos. Trabajamos con artistas vivos que van a modificar sus ideas constantemente, así que la reinvención es nuestro estado habitual», agrega.
Pero Manen insiste en ver el futuro con optimismo a pesar de los «cambios brutales» que se avecinan. «Pensar es gratis y quizá las exposiciones vuelvan a ser lo que eran, un deseo de comunicación, más que algo que se produce casi en cadena».