7/6/11

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Naomi Wolf
Recortar el presupuesto de humanidades es avanzar en la creación de una ciudadanía maleable
¿Quién necesita estudiar filosofía? Para el primer ministro británico, nadie importante
El Gobierno del primer ministro británico, David Cameron, anunció el pasado año algunas de las reducciones más draconianas del sector público que gobierno alguno de país desarrollado se haya propuesto jamás. De hecho, su ministro de Educación declaró que se recortará nada menos que un 40% la financiación de las universidades de Reino Unido, pero el aspecto más escandaloso de esa iniciativa es el de que los departamentos de artes y humanidades lo sufrirán mucho más que los de ciencias e ingeniería, que son, supuestamente, mejores para las empresas.

La guerra contra las artes y las humanidades no es nueva precisamente, aunque esta es la primera vez que la lucha se ha trasladado tan directamente a Reino Unido. Ronald Reagan encabezó una ola de política y propaganda en Estados Unidos en el decenio de 1980 que demonizó la National Endowment for the Arts (Dotación Nacional para las Artes). Desde entonces, los gobiernos republicanos de Estados Unidos han recortado los fondos para poesía en las escuelas, ballet y escultura, mientras que demagogos como el exalcalde de Nueva York Rudolph Giuliani han conseguido fuerza política atacando artes plásticas polémicas.
Pero la actitud del Gobierno de Cameron es más siniestra que la antigua táctica de la derecha de poner la mira en disciplinas que se pueden ridiculizar como decadentes. Las reducciones británicas revelan una ofensiva en los países desarrollados y que ha comenzado también en EEUU contra los tipos de instrucción que propician una sociedad civil abierta y fuerte y una población que resulte difícil de reprimir.
En el antiguo bloque soviético fueron las obras de los poetas, los dramaturgos, los humoristas y los novelistas las que codificaron temas prohibidos relativos a la libertad y en las que la Policía Secreta ponía la mira. En la actualidad, son víctimas de acosos, silenciamientos y torturas en lugares como Irán, Siria, China y Birmania.
Evidentemente, ni EEUU ni Reino Unido han llegado hasta ese extremo, pero el ataque a las artes y las humanidades es un paso gigantesco hacia la creación de una ciudadanía maleable y estupidizada. De hecho, la guerra contra las artes y las humanidades en EEUU coincidió con la aparición de una población cada vez más ignorante y pasiva y un Gobierno al servicio de los intereses empresariales.
El mundo académico de las artes y las humanidades es tristemente famoso por no saber defender el valor de su trabajo, pero, aparte de fortalecer la sociedad civil y los hábitos de libertad, esas disciplinas rinden también beneficios finales. ¿Quién necesita leer detenidamente, buscar documentación y formular un argumento razonado, aptitudes que el estudio de la poesía, la novela, la historia y la filosofía proporcionan? ¿Quién necesita estudiar idiomas y literatura comparada? Evidentemente, para Cameron, la respuesta es esta: nadie importante.
Entonces imaginemos un Reino Unido del futuro en el que haya diputados del Parlamento que no sepan cuál fue la causa de la Primera Guerra Mundial o qué fue la Ilustración, periodistas que no sepan escribir convincentemente, abogados y jueces que no consigan entender sus causas y espías y diplomáticos que no hablen las lenguas ni entiendan las culturas con las que trabajan. Ese Reino Unido se parecerá más a los Estados Unidos actuales.
En un instante, Cameron (quien, por su parte, estudió Filosofía, Política y Economía en Oxford, después de haber asistido a los cursos de ese bastión de la enseñanza clásica que es Eton) ha eliminado de un plumazo la influencia mundial de Reino Unido. Después de haber perdido su imperio, Gran Bretaña conserva influencia en el exterior simplemente por la fuerza de su civilización y la educación recibida por sus autoridades.
Ese atractivo es la razón por la que estudiantes extranjeros procedentes de países en ascenso de todo el mundo afluyen en masa todos los años a Reino Unido y aportan millones de libras esterlinas a las arcas de sus universidades. Al recortar los fondos destinados a las instituciones que crearon esa civilización, Cameron ha garantizado que la Gran Bretaña del futuro no será una nación de políticos, escritores e innovadores culturales de primera fila, sino tecnócratas con una formación poco sólida, basada en malos programas de televisión y poca influencia allende su pequeña isla.
Si no se restablece lo que se ha suprimido, Cameron y sus herederos ideológicos crearán una nación de ciudadanos aquiescentes, que, como sus homólogos de EEUU, serán más adecuados para una sociedad cuyas políticas oficiales estén más directamente alineadas con los intereses empresariales. Si bien los ahorros fiscales pueden parecer atractivos a Cameron a corto plazo, para los británicos y para el resto del mundo, que se beneficia de la vivacidad, la civilización y la tradición democrática de Reino Unido, el costo es demasiado elevado.