9/12/12

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Max, retratado con un ejemplar de su nuevo álbum. / TOLO RAMON

El Pais

Es en invierno cuando con mayor intensidad siento mi condición de lector de tebeos. No desearía hacer otra cosa en la vida. Pero no es el frío, ni nada de lo que ocurre ahí afuera, lo que me hace vibrar de esa manera, agarrarme al papel como a un coche robado, enfrascarme en las viñetas igual que un viejo marxista queda absorto ante un párrafo de El capital que cuente las condiciones de los primeros obreros industriales, o hable de la Casa del Terror (The House of Terror), aquel sádico correccional que había ideado un británico a finales del siglo XVIII y que acabó siendo la viva descripción de una fábrica del siglo de Marx o del sistema absoluto que nos están imponiendo en el nuestro. Es lo que ocurre propiamente dentro del tebeo lo que explica, lo que da vida, a todo lo que sucede fuera de él y fuera de mí. Y esto pasa, ya digo, sobre todo en invierno, o en el recuerdo de otros inviernos de mi siglo XVIII, cuando la Casa del Terror estaba en El Pardo y se manifestaba su espectro por televisión en forma de programas de miedo, como El Quinto Jinete, Galería nocturna o Doce cuentos y una pesadilla (pero aquel tiempo vacío y miserable se parece cada vez más al actual). Dentro de los tebeos también era invierno. Más invierno aún que en la calle, con mucha más nieve, bufandas más grandes y más narices rojas. Siempre es más verdad la literatura porque nace de lo que sentimos. Y de este modo ocurre que en vez de que un invierno me recuerde a otro, y así sucesivamente, son los tebeos los que me traen la resaca de los inviernos pasados. Nos pueden los objetos. Es en ellos donde reside nuestra alma. La mía está en una caja con tebeos. César González-Ruano escribía mucho sobre eso: cada uno es las cosas que le acompañan. En la necrológica que hizo en el Heraldo de Madrid a la muerte de Arthur Conan Doyle, no habló de la vida del escritor escocés sino de su butaca, de su bata de lana, de su sortija, de su bastón, de su chimenea encendida...; ni tampoco de su obra sino del violín en silencio de Sherlock Holmes, de su cajita metálica con la jeringuilla... Siempre fascinado por la aristocracia de las cosas igual que un héroe de Huysmans. Aunque Conan Doyle murió en julio, Ruano sabe, y todos sabemos, que debiera haber muerto en lo más cerrado del invierno, que es cuando mueren los héroes que ya se han cansado de las pantomimas del amor. (Todos los objetos tienen cuerpo y alma, esto ya no es Ruano sino vuelta a Marx. En su dialéctica, le llamó valor de uso al uno y valor de cambio a la otra; y en su materialismo explicó que el alma de cada cosa era el trabajo).

El tebeo que este invierno me ha devuelto otra vez a lo más profundo de mi ser (como cantaban Triana) ha sido Vapor, de Max (Ediciones La Cúpula, 2012). Es un libro genial y dedicado a un amigo muerto, el editor Berenguer, fallecido este año en el Día del Libro. (Pobres tebeos, han tenido que dejar de llamarse así para que los regalen por Sant Jordi; también las palabras tienen un valor de uso y un valor de cambio.) A lo mejor fue el sistema de hipervínculos en el que vivimos (que Jung me perdone) lo que me puso enfrente de ese tebeo, pues los días previos la palabra vapor había estado persiguiéndome como una hipoteca a un desahuciado.

Es verdad que Max ha escrito y dibujado ahora un tebeo esencialmente místico
Todo empezó un domingo en el cine, viendo la última de James Bond, Skyfall, que, por cierto, es también un canto a los inviernos pasados y un aviso de que están volviendo con sus viejos terrores y de que todo lo que se adelantó quizá sea en vano. El caso es que había una escena donde Bond esperaba a Q sentado en un banco de la National Gallery de Londres y allí contemplaba un cuadro de Turner, El Temerario remolcado a dique seco (tanto Turner como Bond son dos románticos contra el romanticismo). Lo que reconocí de inmediato fue al pintor, pero en vez del título de esta obra me venía todo el rato el nombre de otro cuadro suyo también muy famoso, Lluvia, vapor y velocidad. Y aunque al final conseguí acordarme de qué pintura se trataba, en muchos días no pude desembarazarme de esas tres palabras, que sin parar pasaban por mi cabeza como un tren a toda marcha: lluvia, vapor, velocidad, lluvia, vapor, velocidad... Y luego, un día me encontré de repente mirando el cielo macilento del invierno (como si lo hubieran puesto así los mossos de Felip Puig a fuerza de pelotazos) y con un libro místico en la mano titulado Vapor.
Es verdad que Max ha escrito y dibujado ahora un tebeo esencialmente místico, no porque lo protagonice un asceta con las sayas arreboladas de sueños y tentaciones, un eremita que ha preferido el desierto de Krazy Kat al del estilita Simón, sino porque su mística es la búsqueda de la pureza del cómic. Esta vez Max ha partido para hacer su libro del descubrimiento de un oscuro pionero americano, Herbert E. Crowley, del que tan solo se conoce la historieta The Wiggle Much, publicada por el New York Herald Tribune en 1910. El dibujo de Crowley, cuenta Max en maxvapor.blogspot.com.es, le recuerda a la pintura metafísica que va a emprender De Chirico dos años después, en Turín. La mística de Max está en la tinta misma, en la lucha de un personaje contra su sombra, es decir, contra su condición de ser tinta. La mística de volver una y otra vez al origen de todo, a Crowley, a Herriman, a Otto Soglow (el de Little King), a Koko y Bimbo de los Fleischer..., se encuentra también en esas páginas. Pero además es, a la manera del último James Bond, el retorno del pasado íntimo. Nunca como ahora un personaje de Max se había parecido tanto a su primer héroe popular, Gustavo, el activista antinuclear. Desengáñate, hermano, no hay escapatoria, el invierno está otra vez aquí.