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María Virginia Jaua - SalonKritik

A Marta, unidas en la lectura y en el duelo. A Armando en un guiño a los idus y sus augurios.
 
La escena primera es la de un duelo anterior, génesis de todos los siguientes, perdido en los confines del tiempo cuando aún se ignora el acontecimiento.
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Entendemos el acontecimiento como aquello que desgarra el curso ordinario de la historia.
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¿Qué historia? Un profundo terror. Un miedo ancestral a la desaparición. [...]
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Se dice que el duelo está en el origen de la tragedia griega. De cara al acontecimiento los antiguos hacían la “representación” del rito funerario.
Para ello una figura (no sabemos si viva, momificada o una estatua esculpida) representaba al fallecido. También se representaba a los vivos, los familiares y amigos del difunto. Para ello cada uno adoptaba una máscara que le representara a sí mismo. Resulta curioso que ante la muerte de un ser amado se convirtieran en personajes de su propia tragedia. De esta manera una civilización arcaica parece desplegar recursos infinitamente más sofisticados que la nuestra. Para la que los ritos son un trámite de aeropuerto: ascéptico y bien iluminado. Fue así, como la tragedia estuvo íntimamente ligada a la comprensión de la muerte y de su puesta en escena nos legó lo que conocimos como teatro.
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Otra curiosidad: la palabra “personaje” proviene de máscara “per sonare” es decir aquél dispositivo que además de la representación visual estaba diseñado para hacer sonar, para que se escuche la voz.
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Resulta realmente interesante que civilizaciones tan antiguas hicieran uso de la representación y del dispositivo ficcional para, finalmente, incorporar en la vida psíquica lo inaceptable: la desaparición definitiva.
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¿Eso es el duelo? ¿llevar la vida a la muerte, acompañarla en ese viaje?
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El duelo es también un tránsito nómada de supervivencia. Una balsa en la que viajan dos seres unidos para siempre.
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Ahora, por fin, entiendo aquella frase: dejad que los muertos entierren a los muertos. Solo los muertos llevan a cabo dichas tareas.
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Cuántos innumerables intentos –fallidos todos, todos fracasados- se han hecho por explicar qué es el duelo. Cómo se vive o cómo se sobrevive cómo se supera ese trance. Claro pienso también en Barthes y en todos los que lo han leído.
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La lectura de su diario me provocó dos sentimientos encontrados. Por un lado, un enorme sosiego y por otro, despertó una furiosa rebeldía, casi un enojo: inversamente proporcional a la energía del duelo que en el libro –como en la vida- poco a poco va extinguiéndose.
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El duelo es un proceso estrictamente apegado a su primera acepción: encuentro categórico de dos. Pero no se va al duelo bajo el impulso del que busca sobrevivir a toda costa. Pues quien sobrevive muere irremediablemente. Habrán de morir los dos para conseguir una vida eterna.
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En el duelo se muere también para que haya ceniza, para que ésta hable.
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“¿Quién sabe? Quizás un poco de oro en estas notas”, dice Barthes al inicio de su libro. He seguido el rigor y la minuciosidad del polvo dorado y de su pacto.
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El mayor acierto de Barthes es cuando alude a la Vita Nova de Dante, aunque se abstenga de revelar el secreto y no ofrezca mucho más detalles.
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La Vita Nova es un gesto radical y contradictorio, una paradoja: un gesto narrativo para la escritura secreta del duelo y el amor.
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En el momento de la muerte el instante en que ambos corazones se detienen pasa tan rápido como un disparo que los atraviesa de forma simultánea. En su trayectoria de proyectil, en el punto suspendido –fuera del tiempo- ambos se miran a los ojos: se aman.
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Así se vive cada día, cada hora, cada minuto, cada instante del recuerdo, el deseo de retener la mirada y su brillo, el timbre de la voz, la temperatura de la piel, el gesto, y la palabra muda, la que sabemos que se pronunciará antes de ser dicha pero también después.
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La realidad de la ausencia se instala. Y tras ese suspención en el espacio, el diálogo prosigue, comienza el duelo: una conversación dulce, eterna de los amantes.
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En el duelo es la vida lo que desafía a la muerte y la ridiculiza, pero eso también sólo dura un instante.
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Estoy de acuerdo en lo que ambos tienen de diálogo más allá de la muerte. Ambos reconocen no la moribundia, sino la mortalidad, y en ella la afirmación sin condición de una vida plena.
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En otra parte Derrida dice: “El huésped absoluto es aquel arribante para el cual no hay siquiera horizonte de espera. […] Entre la hospitalidad y el duelo hay cierta afinidad.”
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Coincido con el pensador en que el duelo y la hospitalidad se rozan: tampoco nunca se está suficientemente cómodo en ellos. Uno y otro: el huésped y el anfitrión se saben en peligro de muerte, así como saben su dependencia mútua, la muerte también une sus vidas para siempre.
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Principio de incertidumbre: en realidad nunca sabemos cuándo comienza el duelo; y mucho menos cuándo termina. Quizás por ello el duelo tiende a arrastrarnos hacia la sala de la desesperación.
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Es algo “vago” como el oleaje: va y viene. El duelo nos rodea como un inmenso mar de olas: plein de vagues. En esas ambiguedades, la lengua francesa es maravillosa –pienso.
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El duelo es esporádico, ambiguo, irregular. A veces adictivo -se está mejor en la soledad del duelo que entre el ruido y la banalidad-, pero sobre todo discontinuo.
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La discontinuidad del duelo es quizás la característica más desconcertante. Su ruptura temporal agrede nuestra imperiosa necesidad de progresión y control.
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El estado natural del duelo es el estado líquido y fluvial. Por eso cuando el viaje comienza uno solo puede dejarse arrastrar.
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Si -como en otras culturas- al duelo se le comparara con el oleaje marino, cabría escribir un tratado que estableciera “precisiones sobre las olas”. A veces las olas son pequeños rizos regulares y espumosos; en otras ocasiones las olas se levantan tan alto como un edificio que cae en estrepitoso derrumbe llevando y destruyendo todo a su paso.
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Barthes no lo dice. O si lo dice, no hace suficiente énfasis en ello. En el duelo, día con día se hace un ejercicio corporal de vital importancia: hacer sonar la voz amada: adoptar una máscara en el sentido antiguo.
Para hacer “sonar” su timbre, más que sus palabras. La forma precisa en que los labios dejan salir la caricia y el aire musical.
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No ha habido. No habrá nunca infraleve más auténtico e imposible que el remolino de aliento y su cosquilleo en la nuca que producen las palabras del ser amado.
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Se requiere de mucha disciplina y concentración para lograr que esa evocación deje la huella cálida y perfumada de cada una de las sílabas pronunciadas.
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Dice Derrida que lo trágico en la existencia humana es que el significado de aquello que hemos vivido se determina sólo en el último instante, en el instante de la muerte. Pero quizás también ahí se encuentra la cifra sublime de nuestra existencia.